Metroprédica

Iba yo en el Metro de Caracas una tarde. Estaba a 6 o 7 estaciones de mi destino y practicaba mi equilibrio al tratar de apretar fuerte la cartera, aferrarme con la mano izquierda a la agarradera de los vagones nuevos (la que se desliza) y con la derecha agarrar el libro e ir pasando las páginas. Me entretenía con un relato sobre Barcelona y sus bares cuando un hombre comenzó a hablar en voz alta. Todos callaron, pensé que se habían empujado y estaban formando lío. “Hay que buscar a Dios”, le escuché y supe que no había que temer golpiza o atraco, que era un predicador. Lo sabido: Cristo tiene los remedios. Cada vez alzaba más la voz, cerré el libro y le presté atención al discurso del hombre. Volteé. Piel cobriza, una bolsa azul en las manos, camisa de botones desgastada, mirada extraviada, sonrisa desprovista de algunas piezas. Cálculo de edad: unos 50 y pico . El señor entraba en la odiosa categoría de “un loquito de la calle”. El devenir de su discurso fue sorpresivo: “Chávez y su dictadura son producto del malévolo”, lo oí pontificar. Unos lo chiflaron. “¡Baaahhh!”, le respondieron otros. Unos chavistas le gritaron que se bajara. En su lógica la historia es así: Chávez está cuadrado con Estados Unidos para implantar una dictadura y obedecer a los deseos del diablo, que nos llevará a la perdición. El predicador del metro puso de cabeza los cimientos de la revolución bolivariana antiimperialista. Chávez + Estados Unidos + confabulación + demonio. No debe ser fácil estar en los zapatos de ese señor. Llegué a mi estación y el hombre seguía hablando en el vagón, mientras algunos se reían y otros lo pitaban.

Dos semanas después, una tarde de domingo, volví a escuchar una prédica en el metro. El hombre se montó en Plaza Venezuela. Era retaco, moreno, con una camisa a cuadros abierta hasta la mitad del pecho, el pantalón marrón roto en las rodillas, zapatos llenos de tierra. “Señores, tenemos que buscar a Dios”, comenzó. Dijo que el Señor tiene las respuestas a nuestros problemas, que teníamos que ponernos en sus manos. Estación Sabana Grande. Sigue la prédica. Cuando casi llegábamos a Chacaíto, espetó: “Yo ya me bajo, no pido dinero, sólo difundo la palabra. Señores, hay un camino. Ese camino es Dios”. Bastó que pronunciara el lema de la campaña de Henrique Capriles para que algunos lo chiflaran o lo miraran con esa expresión de “estás hablando de política”, que no sé si era por fastidio, hastío o miedo a que se encendiera la tángana dentro del vagón. La política se metió en los soliloquios de nuestros loquitos de la calle. ¿O nosotros somos los verdaderos locos?

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Desmadre en el bulevar

Una nube de humo flotaba sobre el Callejón de La Puñalada de Sabana Grande. Centenares de personas se apretaban en la callejuela con sus birras o sus botellas de Carta Roja en la mano. Humo de marihuana. Los bares y locales se reventaban, imposible entrar. En esa calle del bulevar de Sabana Grande, por lo estrecha, se concentraba el olor de la hierba que fue el común denominador de la Ruta Nocturna que se realizó el pasado viernes.
La actividad organizada por el Gobierno del Distrito Capital dio luz verde para que la gente bebiera y se drogara a sus anchas en el bulevar. Se suponía que habría un recorrido de interés cultural, pero más allá de unos graffittis (muy buenos) en ese espacio que ahora llaman Siembra Petrolera, no se ofreció nada más. Mis amigos y yo imaginamos que habría locales abiertos, un recorrido con ofertas gastronómicas, culturales o de bebidas espirituosas. Nos encontramos, en cambio, con gente apiñada alrededor de tarimas sin DJ visible, en un intento descontrolado por, como diría un amigo, “fumar monte boleta”. Hay que sumar a esto la propaganda que se dejó colar en la actividad.
Con una multitud avanzando en fila india para tratar de llegar de una tarima a la otra, las botellas que estaban en el piso chocaban y esa alerta que viene en el ADN de los caraqueños se activaba y te decía: “Muévete, que en cualquier momento se prende un lío y se caen a botellazos”. No hubo líos en el rato que estuve. Había policías que patrullaban en moto, con sus armas terciadas en la espalda (como las que usan los militares).
El ambiente estaba pesado, nebuloso. Nos movimos hacia la tarima donde sonaba salsa y descubrimos que era el sitio donde menos olía a hierba. Hicimos una rueda para tararear y bailar las canciones y uno de nosotros reparó en ese instante: “Mirémonos”. Todos teníamos la cartera o el bolso apretado fuertemente abrazado, tensos, en alerta. “Esto no es para mí”, pensó una chica y nos movimos, de regreso a la concentración de gente para buscar el carro y salir de ahí.
La que dijo que eso no era para ella tiene apenas 24 años y es reportera también. Lo aclaro porque, al criticar por Twitter la actividad con la periodista Mirelis Morales (http://caracasciudaddelafuria.blogspot.com/2012/09/las-cosas-que-experimento-en-caracas.html), que tiene una opinión similar, nos respondieron que estábamos envejeciendo. Puede ser, como también puede que sea que no soy de las que les gusta beber y drogarse en la vía pública. ¿Por qué el Gobierno del Distrito Capital tiene que organizar -con recursos públicos- algo que termina en una suerte de fiesta rave? Quienes gustan de esto cuentan con locales nocturnos, salones de fiesta o las salas de sus casas. Como joven, ciudadana y caraqueña esperaba algo más.

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Hasta que Caracas me pegó

No puedes comparar la relación con tu ciudad con la que se tiene con un novio violento porque viene ella y de verdad te pega. Se venga de tus símiles, de tus maldiciones ocasionales, de tu desconfianza natural hacia ella. Caracas me pegó la noche del viernes pasado. Iba por una esquina de La Candelaria, se soltó un cable de un poste y me dio en la cara. Logré atajarlo y el golpe en la mejilla no fue tan duro. “Ay, mija, esos son cables de teléfono que se están cayendo”, me gritó un vecino. Menos mal que no era de electricidad… Ya sabemos que Caracas muerde, como dice el escritor Héctor Torres. Ahora comprobé que Caracas también te pega. Que, harapienta, se te cae encima.

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Amuay con ojos de bombero

Juan Yamarte es un hombre grandote de 35 años, de espalda cuadrada, bigote negro y piel bronceada. Nació en Paraguaná, pero vive en el estado Carabobo, donde trabaja como bombero para el municipio Los Guayos. Visitaba a su familia en Punto Fijo y la explosión de la refinería Amuay lo agarró durmiendo, como a la mayoría, que despertó con la sacudida. Lo vi con dos compañeros en una urbanización que quedó sin techos, puertas ni ventanas tras el estallido. Iba con una pala colgando del hombro a remover escombros de la casa de un amigo. Era el martes después de la tragedia que dejó casi 50 muertos y más de 1.600 casas afectadas. Para Juan, todo después de la explosión se resumía a un mismo día. Pero habían pasado 72 horas. Conversar con él -saltando charcos y sorteando trozos de pared- fue doloroso. Había entrevistado a madres que lloraban porque habían perdido la casa de sus hijos pequeños, a vecinos asustados, a familiares que se preguntaban por sus seres queridos desaparecidos, a heridos y lesionados. Dolor, terror al fuego, insomnio y miedo. Ni hablar de la devastación que la onda expansiva dejó en los barrios cercanos al centro refinador. Pero con Juan fue distinto. No esperas que un bombero -un hombre grandote, valiente, que va con su pala en mano- se quiebre. El horror fue de tal magnitud que él se quebró al rememorarlo por primera vez. ¿Cómo se describe eso en una nota? Una pregunta disparó sus recuerdos y me pareció ver en su rostro los flashes de esa guardia interminable. “¿Cómo recuerda esa noche?”. En su cara se dibujó el horror de los barrios, las empresas y el destacamento de la Guardia Nacional reducidos a cenizas. “Yo nunca había visto algo así”, comenzó. Hizo pausas; meció la cabeza para evitarlo. Pero lloró. Dejó la pala, se soltó el casco y se quitó los lentes oscuros para secarse las lágrimas con sus manos ennegrecidas. Relató los rescates de cuerpos calcinados, la frustración de rescatar a pocos vivos. Él no tuvo la fortuna del sargento Derwis Manaure, que rescató a un niño ileso de entre los escombros. Con la última pausa de Juan, cerré la libreta y le di las gracias por la valentía, no sólo la de salvar vidas, sino la de recordar.

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Una mirada que regresa

No me pareció fea. Me pareció, más bien, luminosa, fresca, con su horizonte de un verde prometedor. Tenía difícil la comparación: quien la veía de nuevo venía de vivir en la vieja y bonita Madrid, con sus calzadas, parques, metro y autobuses perfectos.
Caracas -y la vida, pues- es ruda y me recibió con un par de golpes que desinflaron las ilusiones que traía en la maleta. Pero Caracas también te sabe sacar sonrisas y te insufla el ánimo. Sabes que estarás bien cuando te montas en un autobús La Pastora-Petare que lleva a Eddie Palmieri a todo volumen. No sabes por qué, pero lo sabes y te abandonas al ritmo que mece a tu ciudad. Te olvidas de los motorizados, del caos del tránsito, de los malandros, de las alcantarillas rebosadas, de la violencia con la que a veces las ilusiones se rompen a los pies de El Ávila.

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Vender el piso para poder comer…

Hoy, mientras iba al diario en un bus que pasa por encima de la autopista M-30 de Madrid, un hombre de unos 70 años iba viendo por la ventana. En el paisaje a su izquierda se alineaban edificios con cartelitos de letras naranjas sobre fondo negro. “Se vende” y un número de teléfono que seguramente pocos han marcado. “Por todos lados dice se vende, se vende. Pero por qué se vende, para dónde se va esa gente. ¿Se van fuera de Madrid?”, se preguntó en voz alta el señor de pelo cano, nariz regordeta, camisa de cuadros azules y pantalón beige sujetado con tirantes. Avanzamos un poco y dejamos atrás los edificios.

Un hombre contemporáneo con él le tocó el hombro y le respondió: “Caballero, es que algunos venden sus pisos para poder comer. Nos dedicamos a eso, a comprar, y hay algunos que ahora no tienen para vivir”.

La burbuja inmobiliaria que estalló en 2008 dejó en España miles de casas y apartamentos nuevos vacíos. El paisaje se llenó de construcciones y no había gente para tanta casa. Con 50% de los jóvenes desempleados, la independencia se retrasa y menos que menos comprarán un piso. El mercado inmobiliario está deprimido y los créditos hipotecarios  caen. Cuando la boyante economía española desconocía  lo que pasaría después de 2008, la gente se endeudó: compró casa, carro, electrodomésticos… Todo a crédito.  Luego vino la debacle; el cierre de empresas; los despidos masivos; los casi 5 millones de desempleados; los desalojos por falta de pago de la hipoteca; el incremento de usuarios en los comedores populares de Cáritas; el fin de las medicinas subsidiadas por el Estado, entre otros tantos recortes del gasto social.

Se acabó el todo gratis, pero algunos ancianos de este país al menos tienen una propiedad para vender si se ven en aprietos. Es difícil venderla, pero al menos esa esperanza mantienen.  La cara de la crisis española es fea, muy fea, pero no tiene los rasgos monstruosos de las que persisten en América Latina.

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Bolívar es una cerveza belga

Entras a un bar en una de las callecitas adyacentes a la Grand Place de Bruselas (cuando vean esta plaza seguramente la incluirán en el top 10 de cosas bellas que han visto en la vida) y pides la carta de cervezas porque a Bélgica uno va a probar cervezas de todos los tipos, colores y tamaños. La carta tiene más de 40 opciones, así que empiezas a hacer de-tin-marín. Hasta que ves que hay una cerveza que se llama Bolivar brown. Bolívar. Una cerveza con el nombre de El Libertador. Y morena. No fue chovinista mi elección -o sí, qué sé yo-.  Me trajeron una botella de 33 cl, en la que se leía que el caldo marrón tenía 7,5% de alcohol. Un tipo sentado empuña una copa en la ilustración de la botella. Es un poco dulce y un poco amarga. Me recuerda a un sabor conocido. Entonces leo bien la etiqueta. “Producida bajo los principios del comercio justo”. Tiene arroz tailandés, quinoa boliviana y azúcar de caña costarricense. Ahí, en el azúcar de caña, está ese sabor familiar. Tres euros.

Me llamó la atención lo del “comercio justo”. La cerveza es fabricada con productos de cooperativas de Bolivia, Tailandia y Costa Rica. Esto del comercio justo se basa en una producción que tiende a cuidar el ambiente, evitar el trabajo infantil, garantizar condiciones equitativas en los intercambios, etc. En esta página web conseguí una descripción de Bolívar (la birra): “La cerveza, que se ofrece en sus variantes rubia y negra, está elaborada con una doble fermentación que le da un sabor especial y ligero que roza al mismo tiempo el dulce, el amargo y el ácido. La cerveza negra cuenta además con una fermentación secundaria en la botella”. Los sites se contradicen sobre el país donde se produce: ésta dice que en España y que comenzó a venderse en 2009 y ésta otra dice que en Gante, Bélgica.

Bolívar, la cerveza responsable, la llaman en este otro portal, en el que resaltan que la idea de producirla fue de la ONG Intermón Oxfam, que trabaja a escala global con esta idea del comercio justo en los países en desarrollo. Se supone que esos tres euros brindados en el nombre de Bolívar van a algún cooperativista del arroz, la quinoa o la caña. 

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