En esta orilla

Hay tiros, perdigonazos, humo, gente que corre, motorizados que disparan, excremento, cuerpos inertes en el asfalto, policías y militares que patean, golpean y disparan, un presidente que baila y habla con vacas mientras en las calles matan a decenas de jóvenes, una convocatoria a constituyente sacada de una caja de jabón, cuatros, violines, músicos muertos, estudiantes muertos, mujeres arrolladas, menores de edad caídos por disparos en la cabeza, corazones cuarteados por el golpe de una bomba lacrimógena directo en el pecho, furia, llanto, pañuelos, máscaras, escudos improvisados, periodistas heridos, tuits, transmisiones en internet, mensajes de voz, horror, censura, arrechera, represión, esperanza.

Esa es la pintura de lo que veo de mi país desde esta orilla, en esta que no es una ciudad suiza, que vive y ha vivido horrores, pero no de aquel calibre. Por ahora. Me invade un sentimiento de inutilidad. ¿Para qué marchar acá? Veo a gente sacándose fotos en el ángel o en la embajada y me da ese quécarajossehaceahí. Busco a los grupos que mandan medicinas y las campañas de recolección de fondos; pienso en poner mi esfuerzo allí, así sea unos pocos dólares. Que aunque sea una bolsa de gasas llegue allá en mi nombre.

Hay que ubicarse emocionalmente: uno no está allá, aunque quiera estar reporteando allá. Uno está aquí, en esta realidad relativamente más segura. Les agradezco dejarse el pellejo en las calles, pero cuídense. El gobierno nos quiere mudos, sin joder, muertos, sin chistar. Entonces no, que el que quiera protestar, proteste. Pero cuídense entre ustedes. Perdón por no estar físicamente, pero estoy emocionalmente. Y uno está donde tiene la cabeza. Uno está donde están sus recuerdos. Uno está en esos cumpleaños rodeados de amigos. Uno está en la redacción de ese periódico en el que aprendió tanto. Uno está en esta tonada que se me oye al hablar. Uno está, también, en cada uno de los muertos.

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

La (vieja) revelación de CNN sobre los pasaportes venezolanos

El especial “Pasaportes en la sombra” que difundió CNN esta semana fue fruto del trabajo de un equipo de al menos cinco personas durante poco más de un año, según la cadena televisiva. Sin embargo, no hay nuevas revelaciones: a lo que ya se había escrito en Venezuela se sumó la denuncia del ex diplomático venezolano en Bagdad, Misael López Soto, que tampoco era nueva porque ya la habían subido a Youtube en 2015. Tiene mérito tomar una denuncia, ampliarla, darle contexto, mostrar los documentos a los que la fuente dice haber tenido acceso. Es eso, el reporte de una denuncia.

Hace seis años me encontré en la misma encrucijada en la que -supongo- habrán estado los reporteros y productores de CNN: me contaron una historia similar, pero no había documentos para probarla. De haberlos, sólo esa persona los tendría. ¿Cómo saber si eran auténticos? ¿Con quiénes cotejar su historia si los implicados no querían atenderme ni podía “interceptarlos” para preguntarles? ¿Dónde buscar a los presuntos terroristas que pagan por los pasaportes venezolanos (con los que se puede entrar sin visa a más de 130 países)? Terroristas -incluso agentes de inteligencia- estarían accediendo a pasaportes venezolanos auténticos. Un gran tema, pero con escasas pistas y, sobre todo, un estrecho margen de contraste.

Es, de hecho, un tema al que arropan sombras. ¿Dónde consigo al menos a tres presuntos terroristas que hayan pagado por el documento venezolano? ¿Cómo sacarle al tema el aura de Roger Noriega y de furibundo mayamerismo y llevarlo a gente que paga por un pasaporte venezolano para ir y cometer un atentado terrorista, o para ir a alguna misión? Después de seis años, sigo buscándolos y cazando en la prensa mundial algún dato que me acerque a ellos. Supongo que sólo seremos capaces de reconstruir la historia una vez que hayan perpetrado un ataque o con una filtración -difícil de manejar- de algún servicio de inteligencia que señale a los sospechosos.

El reporte de inteligencia al que CNN dice haber tenido acceso y en el que se señala al ahora vicepresidente, Tareck El Aissami, como facilitador de pasaportes y documentos de identidad venezolanos para al menos 173 personas es el mismo del que habló el Center for a Secure Free Society en un informe que publicó en 2014 sobre irregularidades en pasaportes venezolanos. Ese informe dio el timing para publicar en el medio venezolano Armando.info las denuncias que tenía desde hacía varios años sobre las anomalías en la emisión de documentos (el CSFS al menos tenía un documento y su trabajo investigativo para contrastar). En la prensa de Líbano y Bulgaria también había reportes de sospechosos de terrorismo con pasaporte venezolano; de ellos no habló CNN. Además se puso el foco en los pasaportes diplomáticos, cuya expedición manejan funcionarios cubanos en la Cancillería, de acuerdo con el testimonio de media docena de trabajadores de la institución (y luego nos enteramos por las noticias que incluso personas acusadas de delitos en otros países -como familiares del Presidente- cuentan con un pasaporte de estos).

El seguimiento al tema de la participación de cubanos en el sistema de identificación venezolano es el trasfondo de las denuncias sobre irregularidades con pasaportes, cédulas y hasta partidas de nacimiento en el país de los últimos 15 años. No son nuevas, en los 80 y 90 bastantes denuncias se supieron también, pero la irrupción del terrorismo como fenómeno global hace que el asunto sea aún más peliagudo y que la laxitud venezolana se convierta en un peligro latente. Pero, repito, lo revelado por CNN no es nuevo. Es bueno, pero no es nuevo. En Venezuela esta historia ya se había contado.

P.D: Me disculpan que los links de los trabajos publicados en El Nacional lleven a sitios que hicieron copy-paste de los reportajes, pero el archivo digital del diario es una tristeza.

 

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Catarsis

Que sí, que te fuiste, que dejaste al país que ahora parece estar en llamas (siempre lo ha estado), que ya no sabes si reconocerás algo al volver, que hay contactos de Facebook que inician una guerra virtual contra los que se fueron, que hay quienes los defienden, que tampoco es que eso te quite el sueño, que te acuerdas de los cubanos y del uso de la palabra “gusano”, que qué intensidad, que hay que trabajar en lo que haya más chance porque aquí el periodismo es muy mal pagado (igual que allá, pero ahora no hay banco papás), que igualito quieres volver a hacer periodismo como función principal porque eres intensa, que los amigos allá ahora son una máquina de escupir precios: “el aceite a 7.500, el queso blanco a 9.000”, que tú los entiendes y tienes toda la intención de escucharlos, pero es que ellos no se dan cuenta de lo repetitivos que son, que me siento mala persona por escribir eso sobre mis amigos queridos, que extrañas a tu redacción, que extrañas reportear, que extrañas la mesa llena de amigos en cada cumpleaños, que extrañas el pollo guisado de tu mamá que no te gustaba tanto, pero que ahora lo extrañas, que ves cómo tienes gente regada por todo el mundo, que ves cómo todos ellos -unos mejor que otros- lidian con la migración, con la pérdida de trabajo y de su carrera, con la necesidad que tiene cara de perro y de mesero y de chofer de Uber y de vendedora de bisutería, aunque tengan varios posgrados, que los ves abrir blogs para contar sus experiencias como migrantes para lidiar con el duelo, porque resulta que esa sensación de que todo es temporal y de que estás siempre en tránsito (y así es la vida, pues) es más o menos normal en este proceso, que te preguntas cuándo se quita esta sensación, que te preguntas si tu gente allá tiene plata suficiente para comprar comida, que ojalá tuvieras para mandarles más, que ya esto tiene muchos que y que habría que terminar esta catarsis.

2 comentarios

Archivado bajo Caracas, Diversidad, Identidad, méxico, Opinión, paz, Periodismo, Venezuela, Viajes, Vida, Yo

Pendejo

La palabra pendejo proviene del latín y originalmente significaba “vello púbico”. Ahora tiene mucho más sentido para mí esa frase tan venezolana: “Ese pendejo es una ladilla”. El círculo se cierra.

Pendejo siempre había sido un insulto leve para mí. Tonto, bobo, gafo, estúpido. Un insulto de abuelos (si te portas mal, fácilmente un abuelo venezolano molesto te puede decir “muchacho pendejo”). Pero en México cobra un sentido totalmente distinto; es uno de los insultos más ofensivos: una mezcla de gue.., mamag.., c… de tu m…, hijo de p… y barriga verde.

Si te lanzan el carro en la autopista (el Circuito Interior es mi nueva Cota Mil), lo mejor que puedes gritar es un sonoro ¡pendejooo! Si digo eso en Caracas, me verán como la idiota que reprime un insulto en el mejor momento.

Lo que sí me gusta de la palabra pendejo es que se refiere a una cualidad inherente a quien recibe el insulto: no se trata de su mamá o de las prácticas sexuales que más le gustan. Es él, que es un pendejo.

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Dos primeras veces

Es su primera vez y la mía también. Ana tiene 55 años: 3 hijos varones y 2 hembras, 5 nietos. Yo estoy en mis últimos veinte.
Su casa se vino abajo con las lluvias de 2010 y desde entonces vive en un refugio con su hijo menor, un adolescente. Espera fervientemente una casa. Era la cocinera del refugio hasta que la pasaron a un segundo albergue. Ya no cocina para sus vecinos de infortunio, sino para mí. Es mi casa la que se me vendría encima si ella no está. Tiene 15 días conmigo; nos contamos chismes de farándula y, en un cambio brusco de tema, ella me pregunta preocupada quién ganará. “Me da miedo que gane otro presidente”. Quiere su casa, ha esperado 2 años por ella.
La precariedad del refugio la obligó a buscar un trabajo, tras dedicarse toda la vida a las labores del hogar. Por primera vez soy yo la fuente de empleo. Es raro sentir que la quincena de alguien depende de ti, cuya quincena depende a su vez de un tercero. Es raro esto de ser ¿patrono?. Dilapidé mi quincena pagándole la suya a Ana, que llega temprano, hace una crema de espinacas increíble, mantiene la casa limpia, tiene la virtud -de la que carezco- de saber escoger frutas y verduras…
Con la primera quincena que pagué en sus manos, Ana retiró la liga del fajito de billetes y se persigno con el dinero hecho un rollito. “Este es el primer sueldo que yo me gano en la calle”, me dijo.

Epílogo

No sé por qué el epílogo de esta entrada tardó 4 años en ser publicado. Quizás estaba muy indignada. Ana trabajó conmigo sólo 15 días. El día después de escribir -tan contenta- este post, fue a la casa a decir que no trabajaba más con nosotros, que en el refugio recibía una beca por sólo estar ahí. Imaginé que el haberlo ganado por primera vez con trabajo iba a significar algo especial para ella, pero no. Las becas del gobierno todopoderoso de Chávez mal acostumbraron a tantos a conseguir dinero sin mover un dedo. ¿Dónde estará Ana ahora?

Ahora Fabiola es quien trabaja conmigo, una vez a la semana. Agradeció el pago del aguinaldo con bendiciones y hasta con un gif en Whatsapp. Tiene tres niños y vive en un barrio del norte Ciudad de México. Su hijo mayor, de 12 años, tiene cáncer y hay que tratarlo en el Seguro Social: hacer colas, esperar por los medicamentos, etc. Su esposo hace arreglos por allá y por acá y trabaja como chofer a destajo. Lo que Fabiola cobra diariamente se le va casi todo en comida. Me contó que en su casa no se desayuna; los niños esperan que ella llegue al mediodía con tortillas -siempre tortillas, aunque el médico le advirtió que comprara algo más saludable porque las manchas que tiene en el cuello son por pre diabetes, pero eso es lo más barato- y algunas cosas para guisar. Los restos del almuerzo serán la cena y así se repite el ciclo día tras día.

Deja un comentario

Archivado bajo Diversidad, Opinión, Vida, Vivienda, Yo

Mi día de muertos

Un día vi un muerto, aún tibio, a pocas cuadras de mi casa en Caracas. Era un ladrón que acababa de atracar en la panadería, pero el dueño también estaba armado, lo persiguió y lo mató. Apenas recorrió media cuadra. Después de ese episodio la panadería cerró. En Venezuela todos los días deberían ser día de muertos, si nos atenemos a las estadísticas que indican que cada 30 minutos muere alguien de manera violenta. Vengo de un valle de muertos de miedo. Por eso ver las flores, las ofrendas, el amarillo y naranja, la música para celebrar el fin de la vida contrasta con el miedo que infunde la violencia. Se supone que en el altar de ofrendas pones lo que le gustaba al muerto. A Octavio Paz y a Gabriel García Márquez, en un altar compartido en una tienda de San Ángel, le pusieron tabacos, aguardiente y libros. En otro de un centro de verificación de autos pusieron frutas y dulces. Pan de muerto (un pan dulce con un saborcito a mantequilla en el fondo) y chocolate caliente también se les ofrece a los que han pasado a mejor vida. Los mariachis deambulan por los cementerios repletos de gente para vender sus canciones a los que hacen picnic en la tumba de sus muertos. La Catrina del caricaturista José Guadalupe Posada se enseñorea con su sonrisa desnuda de casas y comercios. La diseñan incluso en recortes de papel crepé. En el centro, ya a oscuras, jóvenes, adultos y niños se pasean disfrazados de calaveras, dráculas, zombies, diablos. Se parece a aquellos carnavales en los que los caraqueños caminaban por Sabana Grande. Los muertos vienen por un rato a este plano a compartir con “los vivos”, cuenta la tradición indígena. Se supone que siempre estamos compartiendo en ambos planos, mundo e inframundo hacen sus intercambios. “El mexicano frecuenta a la muerte, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor permanente”, escribió Paz en El Laberinto de la Soledad. Los caraqueños también acariciamos la muerte, casi siempre fría como el cañón de una pistola.

El camino al altar de Octavio Paz y El Gabo.

El camino al altar de Octavio Paz y El Gabo.

Un altar para Octavio Paz y el Gabo en una tienda de artesanías de San Ángel.

Un altar para Octavio Paz y el Gabo en una tienda de artesanías de San Ángel.

Libros, tabacos y aguardiente eran las ofrendas para el Gabo y Paz.

Libros, tabacos y aguardiente eran las ofrendas para el Gabo y Paz.

Detalle del altar de Gabo y Octavio Paz

Detalle del altar de Gabo y Octavio Paz

Sábado, en la explanada del Palacio de Bellas Artes.

Sábado en la explanada del Palacio de Bellas Artes.

Un altar en una tienda de San Ángel

Un altar en una tienda de San Ángel

Un altar .en el palacio

Un altar en el palacio.

Altar en un centro de verificación de autos.

Altar en un centro de verificación de autos.

Deja un comentario

Archivado bajo méxico, ojos extraños, Venezuela

Una epidemia en primera persona

Extracto de mi informe médico.

Extracto de mi informe médico.

Ese domingo desperté con dolor de cabeza. Al mediodía empecé a sentir un quebranto y para las 8:00 pm tenía una fiebre de 39 grados que no bajaría hasta que al día siguiente la frenaron con un medicamento intravenoso. Me desperté con ojeras, había estornudado toda la noche y acabé con el paquete de pañuelos. Tomé acetaminofen, pensé que era una gripe más. Tosía y me dolían los músculos del pecho y el abdomen como si hubiese hecho tres horas de abdominales.
Mediodía del lunes: 40 grados. En la noche el termómetro trepó a 40,5 grados y fue suficiente para acusar el golpe de 24 horas con fiebre alta e ir a la emergencia de una clínica. Luego me enteraría de que había llegado al único centro privado en el país que hace en sus laboratorios la prueba para detectar la influenza AH1N1, que en 2009 causó alerta en el mundo por su virulencia y peligro de contagio y desde entonces ha provocado brotes esporádicos en Venezuela, el más reciente cebado en el segundo trimestre de este año. Quienes van a hospitales u otras clínicas deben esperar semanas para que el único organismo estatal que hace la prueba, el Instituto Nacional de Higiene Rafael Rangel -con sede en Caracas-, les confirme si lo que tenían era esta gripe, conocida coloquialmente como “la porcina”.
De cada 10 muestras tomadas, nueve dan como resultado la influenza A, según los datos más recientes del Ministerio Salud. No fui la excepción esa noche en el área acondicionada para los cuadros gripales en la que médicos, enfermeros, pacientes y acompañantes van con tapabocas y guantes. El resultado fue tajante: “H1N1 detectado”. Por Twitter, mientras tanto, leía desde mi camilla que un publicista de 28 años había muerto por la gripe en un hospital de Carabobo.

Brote acallado. Me convertí en una estadística a la que rodea un halo de misterio. En junio la ministra de Salud, Isabel Iturria, dijo en una entrevista televisiva que su despacho no revelaba el número de contagiados y fallecidos por esta gripe para no causar alarma. Sus recomendaciones fueron lavarse bien las manos; evitar saludar con beso y abrazo; usar gel antiséptico y toser hacia el antebrazo. No le dijo a la audiencia que la gripe es moneda corriente, que cualquiera puede pescarla –como yo- en el camino de la casa al trabajo, que viaja en metro o autobús, que va a la escuela, a la universidad, a los sitios de trabajo, al cine, que se sienta en cafés y restaurantes.
Para finales de mayo la enfermedad estaba presente en 17 de los 24 estados del país y la prensa reportaba 17 muertos por esta causa. Las cifras oficiales tardarían en fluir de allí en adelante. El Instituto Prensa y Sociedad publicó la semana pasada un informe en el que reporteros de nueve estados del país coinciden en que las Direcciones Estadales de Salud no ofrecen reportes estadísticos de muertes por H1N1 a partir de la declaración de la ministra Iturria, que desestimó la importancia de publicar esas cifras. Hay, sin embargo, conteos extraoficiales. La periodista Lissette Cardona, del diario El Nacional, registra las declaraciones de autoridades estadales y nacionales y los reportes de la prensa nacional y local: A las 2:00 pm del 28 de junio contabilizaba 64 muertes por H1N1 en todo el país.

Actualmente la Red de Sociedades Científicas Médicas calcula que hay cerca de 90 muertos por H1N1 en el país, por el brote del segundo trimestre de 2013; una cifra que contrasta con las 121 muertes por esta causa reportadas en 2009, cuando la pandemia duró todo el año.

Vulnerables. Había buscado la vacuna de la influenza en centros privados y públicos. En 2009 abundaban y me la aplicaron en una jornada especial, pero este año no la encontré. Ni siquiera el primo del amigo que trabaja en el Gobierno la consiguió. El ex ministro de Sanidad, José Félix Oletta, señala que falló la planificación y la vigilancia epidemiológica. “El gobierno dice que entre enero y junio vacunó a tres millones de personas, pero la población en riesgo a la que debía vacunar es de cerca de 10 millones si contamos trabajadores del sector salud, embarazadas, ancianos, niños hasta 5 años, gente con enfermedades crónicas. La falta de vacunas facilitó la circulación del virus”, afirma Oletta, miembro de la Red de Sociedades Científicas Médicas de Venezuela (RSCM).
Superé la gripe tras 10 días de reposo, cinco de los cuales debí permanecer aislada en una habitación para evitar contagios. La abuela de la camilla de al lado en la emergencia tuvo que quedarse unos días hospitalizada. En 24 horas en ese lugar llegaron con los mismos síntomas dos niños y un muchacho en sus veintes.
La doctora me mandó a casa con un tratamiento a base de acetaminofen, un antibiótico y un inhalador para facilitar la respiración. “Se realizó llamada al Distrito Sanitario número 7, a la doctora Duarte, para la posibilidad de tratamiento con Oseltamivir pero no hubo respuesta”, dice mi informe clínico. El Gobierno es el único con capacidad para importar tanto las vacunas como el tratamiento antiviral recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Pero tampoco hay las dosis de este medicamento. En junio, el Ministerio de Salud excluyó el oseltamivir como tratamiento para la influenza y no informó con qué nuevo medicamento se atendería la afección. “Se cambió la receta nacional y la ministra dice que no se usará ningún otro fármaco, aún cuando es necesario para atender los casos más graves”, lamenta Oletta.
Las estadísticas se empeñan en desmentir la tranquilidad con la que Iturria se ha tomado los brotes de la influenza AH1N1. La semana pasada el ministerio publicó el boletín epidemiológico correspondiente a la semana entre el 16 y 22 de junio. En esos siete días se registraron 566 nuevos casos de la influenza y una cifra acumulada de dos mil 094 enfermos en los últimos dos meses y medio, la mayoría en Mérida, Distrito Capital, Zulia, Táchira y Lara. La enfermedad ha presentado saltos hasta de 300 % en el número de afectados de una semana a otra. Por estos días, la influenza H1N1 es una lotería.

*Publicado en El Venezolano de Panamá el 19 de julio de 2013

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized